El hombre cuando es hombre 2019-03-06T12:55:21+00:00

Desde la perspectiva de la narrativa audiovisual, que bebe de la literaria, el punto de vista o focalización resulta fundamental para dilucidar la posición ideológica del discurso que la obra propone a sus espectadores/as.

Esta premisa evidente que subyace en el origen de parte de la reivindicación feminista sobre la representación de las mujeres en el cine, se pone en evidencia en el documental El hombre cuando es hombre que la chilena Valeria Sarmiento realizó en Costa Rica en 1982.

Nacida en Valparaíso en 1948, ella y su marido, el también cineasta Raúl Ruiz, se exiliaron en París tras el golpe de estado en Chile. La cineasta ha incursionado tanto en el cine documental como en el melodrama, la comedia negra y las series televisivas. Directora de 14 películas, la mayoría de cuales cuentan también con su trabajo como guionista y montadora y ocho obras televisivas entre miniseries y telefilmes, son sus credenciales.

En 1972, en un momento en que en su país todo el mundo hacía cine político, Valeria Sarmiento debuta con un cortometraje que ya daba cuenta de esa “manera de mirar de forma oblicua” que comparte con su marido Raúl Ruiz con el cortometraje Un sueño como de colores sobre las mujeres que se dedican al striptease.

Y esa manera de mirar “de forma oblicua” es la que la lleva a pensar en un documental en el que el punto de vista masculino desvela y desnuda, en su patética “naturalización”, el machismo persistente en América Latina que, 36 años después de su realización, hace de El hombre cuando es hombre un documental dolorosamente vigente.

Filmada en Costa Rica, la película nos habla de las mujeres a través de los hombres. Ya su título da cuenta del carácter prescriptivo de la identidad patriarcal de género que las feministas llevamos años denunciando, como si hubiera una forma única de ser hombre o de ser mujer. En España nos recuerda el patético deseo expresado por un ex presidente de gobierno para quien la mayor virtud de una mujer es “que sea mujer, mujer”. Resulta tan evidente la prescripción patriarcal de su discurso que el estreno del documental mereció las protestas del embajador costarricense en Francia. El relato trata de alguna manera de una realidad presente, pero a la vez funciona como reconstrucción histórica en cuanto a las relaciones heterosexuales entre hombres y mujeres, a través de

un recorrido por distintos personajes varones, desde la infancia hasta la madurez, que cuentan cómo son las cosas a la hora de relacionarse amorosa o sexualmente con las mujeres. En este sentido, el texto en su conjunto está más cerca del discurso que de la historia. Y en esta medida, se vuelve un filme reflexivo.

Los testimonios, mayoritariamente hombres y heterosexuales, hablan por sí mismos de estas relaciones ‘sentimentales de poder’ absolutamente desiguales. Sin ningún afán justificativo. Incluso en las últimas secuencias en las que este “ser hombre” aparece como algo mucho más patético y perturbador con las declaraciones de asesinos machistas sentenciados.

La autoridad- veracidad – verosimilitud del texto descansa en la “naturalidad” de los testimonios, que lo hace distante y frío, escalofriante incluso. Sabemos que estos testimonios son parte de una entrevista, pero la ausencia sonora y visual de la realizadora establece una relación jerárquica distinta entre entrevistadora y entrevistado. Así los testimonios se revisten de autoridad y libertad.

Más allá de la estructura cronológica de la prescripción de la identidad de género, la narración cobra vida en las yuxtaposiciones de rancheras y boleros con una fuerte carga ideológica que funcionan por sí mismos como comentarios, pero con más valor que un comentario en la medida en que ese tipo de canciones forman parte de la realidad que el documental retrata.

Desde el punto de vista formal, no hay pretensiones más allá de la evidencia de alguien que conoce el oficio y lo demuestra en cada encuadre y, sobre todo, en la estructura y montaje que reconstruye la realidad, sin artificios.

Cuando Valeria Sarmiento presentó para la TV alemana el proyecto del documental que comentamos, le rechazaron tres veces. Cuenta que le dijeron que pensaban que quería hacer cine porque su marido hacía cine, no porque ella realmente quisiera hacerlo. En este sentido desde sus inicios Valeria Sarmiento tenía clarísimo que había que reivindicar la mirada femenina en una industria copada por los hombres. Posteriormente el documental fue emitido por las televisiones alemana y francesa.

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